De los cuatro años largos de ocupación alemana de Francia, entre junio de 1940 y los últimos días de agosto de 1944, suele decirse a estas alturas de la historia -una vez superada la visión de De Gaulle de un país de resistentes frente a cuatro gatos colaboracionistas- que más bien se trató de una guerra civil entre franceses. En los últimos treinta años, en efecto, los libros sobre la materia se acumulan en las estanterías de las bibliotecas y van consolidando la nueva manera de ver las cosas. Patrick Modiano en París y, desde aquí, Fernando Castillo Cáceres, han puesto mucho de su parte para que esa visión nada heroica se haya ido imponiendo. Pero es que hay un hecho añadido: que en la Francia de junio de 1940 vivían también alemanes, tal vez no muchos pero sí muy caracterizados, que -judíos o no- se habían refugiado allí huyendo de su país por el nazismo, tan pronto como Hitler, el 30 de enero de 1933, había llegado a la Cancillería. Algunos, como Josph Roth, hicieron la mudanza ese mismo día, aunque, al morir el 27 de mayo de 1939, con apenas cuarenta y cuatro años, se ahorró tener que ver el desfile de la Wehrmacht por las calles de la ciudad del Sena.
Recordemos algunos hechos históricos (muy notorios para cualquiera medianamente culto) y también los datos biográficos de las personas más connotadas.
En ese dramático mes de junio de 1940 -la llegada a París tuvo lugar el 14-, Francia -la de la Tercera República- contaba con un Gobierno presidido por Paul Reynaud. Pero había Ministros que entendían que, dada la diferencia de poderío militar, la solución menos mala, y desde luego más realista, era pactar con los alemanes y de ahí el famoso armisticio del día 22, por el que el país quedaba dividido en dos, con el Loira -en una tierra tan fluvial, los ríos lo son todo- de por medio: la parte del Norte (incluyendo, eso sí, la costa atlántica hasta la frontera con España en el Bidasoa) sería la ocupada y la del Sur, con capital en el balneario de Vichy, la (teóricamente) libre y al mando del mariscal Philippe Pétain, héroe de la Primera Guerra Mundial. Pero las cláusulas de lo firmado eran draconianas: el número de efectivos del ejército quedó reducido a unos ridículos 10.000; era el Gobierno de Vichy el que debía sufragar los gastos de la presencia alemana; y, sobre todo, con una cláusula 19 por la cual el régimen se comprometía a entregar a las autoridades de Berlín a toda aquella persona que reclamaran.
De la lista negra habría de formar parte -hay que mencionarlo en primer lugar- Walter Benjamín, nacido en la ciudad del Spree en 1892 en el seno de una familia acomodada de origen asquenazi. Puede ser considerado, aunque hay debate al respecto, uno de los fundadores de la Escuela de Frankfurt, junto con Theodor Adorno y Max Horkheimer, marxistas (heterodoxos, eso sí). Durante el período de Weimar, entre 1919 y la citada fecha trágica de 1933, atacó con dureza al nazismo. Debe notarse, por lo que a España concierne, que en 1932 había visitado Ibiza dos veces, como explica Vicente Valero en su libro Experiencia y pobreza, verdaderamente memorable.
Siendo de origen judío y de creencias marxistas (y, previamente a todo ello, un intelectual, sobre todo un gran crítico literario: un hombre de letras, como dicen los franceses), tenía todos los boletos para ser perseguido y de ahí que saliera despavorido de su país. Tras una estancia en Svendborg (Dinamarca), en casa de su amigo Bertolt Brecht, se instaló en parís, donde le sorprendió el fatídico 14 de junio de 1940. Era obligada una nueva huida, que, pese a sus escasos cuarenta y ocho años de vida, le pilló física y mentalmente agotado. Se desplazó al sur, primero a Marsella, buscando llegar, vía España y Lisboa, a Estados Unidos. Llegó a Portbou -ya en este lado de la frontera, aun careciendo del permiso francés de salida- el 25 de septiembre, pero, ante el temor de que se le reexpidiera a Francia y se le entregase a la Gestapo, el día 26 optó por quitarse la vida, dejando una nota escrita que se ha hecho famosa: “En una situación sin salida, no tengo otra elección que la de terminar. Es en un pequeño pueblo situado en los Pirineos, en el que nadie me conoce, donde mi vida va a acabarse. Le ruego que transmita mis pensamientos a mi amigo Adorno y que le explique la situación a la cual me he visto conducido. No dispongo de tiempo suficiente para escribir todas las cartas que habría deseado escribir”.
Digamos incidentalmente que Portbou (en el punto más al norte de la costa mediterránea de España, se insiste) se encuentra a apenas 29 kilómetros de Colliure -con la frontera de por medio, eso sí- donde Antonio Machado había muerto de neumonía, en el Hotel Bougnol-Quintana, un año antes, el 22 de febrero de 1939.
Pero volvamos a lo nuestro, los alemanes que residían en Francia a mediados de 1940 y que se fueron a Marsella porque creían que era el mejor sitio para escapar del país. Otros tuvieron más suerte y sí consiguieron -en muchas ocasiones, vía España y Portugal, en efecto- el objetivo de llegar a América. Por ejemplo, Heinrich Mann, hermano mayor (no demasiado bien avenido) de Thomas, que en 1929 recibiría el Premio Nobel. Si Heinrich tiene un lugar propio en la historia de la cultura es sobre todo porque su libro de 1905 Professor Unrat -en la lengua de Goethe, literalmente, desperdicios-, donde se narra la vida de un docente obsesionado con el orden moral pero que cae prendido, ¡ay!, por el amor de una cabaretera, Rosa Fröhlich, fue la base del guión de la película Der Blaue Engel, o sea, El ángel azul, dirigida por Josef von Sternberg y con Marlene Dietrich como protagonista, ahora con el nombre de Lola Lola. Son nombres -el del director y el de ella- que han alcanzado la categoría de leyenda.
A mencionar también su sobrino Golo Mann, uno de los seis hijos de Thomas, y que despuntaría como un historiador de primer orden. Tras su larga etapa en Estados Unidos, volvió a su país natal para morir allí en 1994.
¿Qué no decir de Alma Mahler? Estaba casada a partir de 1929 con Franz Werfel, novelista, dramaturgo, y poeta austrocheco que escribió en alemán, antes de 1933, Los cuarenta días de Musa Dagh, una novela brutal sobre el genocidio armenio. También ellos se habían instalado en Francia escapando del nazismo y terminaron llegando a Marsella como escala intermedia para cruzar el Atlántico.
Pues bien, sucede que los cuatro (Heinrich y Golo Mann, así como Alma Mahler y Franz Werfel) cruzaron a pie durante seis horas, seis, la frontera de España en Portbou y luego pudieron llegar a Portugal, donde se instalaron en Estoril entre el 18 de octubre y el 4 de noviembre, siempre en 1940. De allí embarcaron felizmente a América.
De todos ellos habla el libro de Uwe Wittstock que da lugar a estas líneas y que pone el foco -nos lo descubre, si se quiere decir así- en un periodista norteamericano llamado Varian Fry, que estaba justo en Marsella en 1940, cuando contaba poco más de treinta años, y que, contra viento y maera, puso en marcha, con el nombre de Centre Américain de Secours, una red de salvamento de los perseguidos por el nazismo. Y eso sin contar con el hecho de tampoco en Estados Unidos estaba el horno para muchos bollos izquierdistas, por así decir.
Es un libro sencillamente excepcional. Su estructura obedece a un riguroso orden cronológico, aunque sin terminar en 1940 porque se extiende hasta noviembre de 1941. Hay un Capítulo último que se llama Lo que sucedió después y que, por el contrario, sigue un esquema biográfico. Son un total de veinticinco retratos personales, uno de ellos, obviamente, del tal Varian Fry, acerca de quien se destaca lo siguiente: “Entre 1942 y 1944, Fry escribió sus recuerdos de su año en Marsella. Le costó trabajo, porque volvía a sufrir depresión. Cuando, en 1945, se publicó su libro Surrender on Demand, no obtuvo mucha resonancia. En medio de la euforia de la victoria, el mercado del libro americano no estaba muy interesado en historias de miserias pasadas, y menos aún desde una visión crítica de las medidas del Departamento de Estado, que habían dificultado que los judíos y otros perseguidos en Europa se salvaran”.
También recuerda que en 1944, el Vad Yashem le concedió el título de Justo entre las naciones.
Otra referencia nominativa derivada del libro de Uwe Wittstock es la que nos lleva a Lion Feuchtwanger (a no confundir, por favor, con Wilhelm Fürtwangler, el director de la Filarmónica de Berlín), novelista muniqués que, en 1933, se había instalado en Sanary-sur-Mar, junto a Toulon, en el sur de Francia. Fue autor en 1955, cuando ya estaba en Estados Unidos, de un precioso libro con acción en España, La judía de Toledo, sobre los amores en el Palacio de Galiana de Alfonso VIII con la célebre Raquel. Pero lo que ahora nos importa es que también estuvo entre los salvados por Varian Fry en Marsella en 1940, en su caso con la circunstancia singular de que previamente había sido capturado por los nazis e internado en un campo de concentración, del que pudo escapar.
Digamos algo de la España de aquel terrorífico 1940, recién terminada la Guerra Civil. Sabemos que fue el 23 de octubre de ese año cuando tuvo lugar la entrevista entre Franco y Hitler en la Estación de tren de Hendaya, a pocos metros del río Bidasoa, a cruzar desde Irún por el puente llamado de Santiago en honor de los peregrinos franceses que se dirigían a Compostela o volvían de ella. Y, para decirlo todo, recuérdese también que en esa misma semana estuvo aquí Heinrich Himmler, que no se privó de visitar el Monasterio benedictino de Montserrat en busca del Santo Grial. No fue hasta unos meses más tarde, en junio de 1941, al poner en marcha Alemania la operación Barbarroja contra los soviéticos, cuando España se sumó a su bando, con el famoso discurso de Ramón Serrano Suñer en el balcón de Alcalá 44, que dio lugar a la División Azul.
Pero volvamos al Norte de los Pirineos y quedémonos en 1940. Hasta junio, los alemanes ya habían tenido ocasión de entrar en Polonia, si bien en el frente occidental no había novedades y de ahí que los galos hablaran, con tono sarcástico, de drôle de guerre, una guerra de broma. Pero ya desde mayo se mascaba la tragedia y un español residente en París, Manuel Chaves Nogales, que se sabía fichado por la Gestapo, la vio venir. De ahí que, ante la inminencia de la invasión, abandonara la ciudad para dirigirse a Burdeos y de ahí a Londres, donde murió en 1944, el 8 de mayo, con apenas cuarenta y seis años, no sin antes haber escrito La agonía de Francia, que, contra lo que suele pensarse, no tiene formato de diario ni vio la luz por entregas. Se publicó de una vez, por tanto como libro, en 1941 en el remoto Montevideo y (la edición en nuestro país no llegó hasta bien entrado este siglo XXI) y lo que nos queda a los lectores es un veredicto de acusación hacia aquella sociedad: “La revelación más sorprendente y espantable del derrumbamiento de Francia ha sido (…) la indiferencia inhumana de las masas”. Y es que “hemos visto ahora que la gran ciudad moderna, con toda su vibración y su gran progreso material, es un ser inanimado, una fuerza y una resistencia gigantesca si se quiere pero que sólo actúan en el dominio estricto de su propia función, que permanecen inoperantes cuando se quiere esgrimirlas con una finalidad espiritual superior”.
Felizmente, la debacle francesa no fue definitiva, porque se terminó, al menos formalmente, y contra lo que se temía Chaves, en el verano de 1944. Pero esa es otra historia.
En suma, muy bien el libro de Wittstock: con razón le han dado el Premio de Literatura de la Resistencia Francesa (por cierto: primera vez que lo obtiene un autor en lengua alemana). Pero, con el trabajo de nuestro paisano Manuel Chaves Nogales en las manos, no tenemos nosotros ningún motivo para sentirnos por debajo de nadie. Leer las dos cosas de manera combinada es la mejor manera de hacerse una idea cabal de lo que fue aquella tragedia.
Antonio Jiménez-Blanco Carrillo de Albornoz
