El gran complot de la argentinidad: ¿Y si todo fue un invento de los demás?

Por un español que mañana quiere ver buen fútbol (pero con los papeles en la mano)

Faltan apenas veinticuatro horas para la gran final del Mundial. Mañana medio planeta se paralizará para ver si estos tíos vuelven a coronarse de gloria o si se les escapa la estrella del pecho. Y mientras los escucho cantar en la televisión con esa fuerza cósmica que tienen, asegurando que las mejores cosas de la humanidad nacieron entre el Obelisco y la Pampa, me ha dado por revisar los papeles de la historia con una lupa. ¡Madre mía, qué crisis de identidad se les viene si miramos los pasaportes de sus grandes orgullos! Resulta que su árbol genealógico cultural está lleno de sellos extranjeros.

Hagamos el doloroso pero simpático ejercicio de repasar y desarmar las joyas de su corona antes de que empaque el partido.

Empecemos por el dulce de leche. Su leyenda oficial dice que en 1829 a una criada en Cañuelas se le olvidó la leche con azúcar en el fuego y nació el milagro. Una historia hermosa si no fuera porque un científico suizo llamado Johann Rudolf Rengger ya andaba paseando por Paraguay años antes y dejó por escrito que las familias de allá se la pasaban comiendo ese manjar. Sí, los paraguayos ya lo untaban en el pan mientras los argentinos todavía discutían las leyes de su propio país.

¿Andaban buscando un invento dulce más moderno? Tampoco se salvan con la chocotorta, ese postre que te venden como la receta entrañable de la abuela criolla. Pues resulta que nació en 1982 en una oficina de publicidad de Buenos Aires porque una creativa brillante necesitaba juntar dos marcas distintas (unas galletitas de chocolate y un queso crema) para facturar más. Un aplauso para el marketing, pero de tradición familiar, poco.

¿Y si entramos a una de sus panaderías a pedir «facturas»? Nos venderán la moto de que es una tradición dulce autóctona. Pero la realidad es que el término nació en 1887 por una huelga de un sindicato de panaderos anarquistas que querían cobrar por su «trabajo hecho» (su factura). Para colmo, se inventaron nombres para burlarse de las instituciones del Estado: llamaron «vigilantes» a las masas rectas para reírse de los policías, «bolas de fraile» para mofarse de la Iglesia, y «cañoncitos» o «bombas» para mofarse del Ejército. Vamos, que su desayuno favorito es una protesta política europea tuneada.

¿Y el alfajor? El compañero inseparable de sus meriendas. Sentimos decepcionarlos, che, pero su nombre real es al-hasú y viene del árabe, donde significaba simplemente «el relleno». Los moros nos lo trajeron a España en el siglo VIII, y nosotros se lo metimos en los barcos hacia América en formato cuadrado. O sea, el alfajor tiene más desierto y olivares andaluces en su ADN que vacas de la Pampa.

Con el asado y las empanadas pasa algo similar: son técnicas de supervivencia universales. Las empanadas nacieron en la antigua Persia porque los pastores necesitaban meter la carne adentro de una masa de pan para que no se les llenara de arena del desierto. Y el asado… bueno, tirar carne al fuego es lo que hace la humanidad desde que descubrió que las cosas cocidas saben mejor. Encima, las vacas ni siquiera son autóctonas; se las llevamos nosotros desde la Península porque en toda América no había ni un solo bife caminando por ahí.

Incluso el mate, ese ritual sagrado que defienden a capa y espada con el termo bajo el brazo, fue un descubrimiento de los indígenas guaraníes mucho antes de que existiera la República Argentina. Ellos ya masticaban e infusionaban la yerba en recipientes de calabaza en medio de la selva paranaense.

Para colmo de males, si quieren bajonear una milanesa, tienen que mirar a Austria (con su Wiener Schnitzel) o a Italia (con la Cotoletta alla Milanese). Y si les agarra un ataque de angustia existencial por descubrir todo esto y deciden ir al psicólogo, están yendo a una terapia que inventó un señor austríaco llamado Sigmund Freud en Viena. ¡Si es que hasta la birome la inventó un húngaro y Carlos Gardel nació en Toulouse, Francia!

Llegados a este punto, la pregunta es obligatoria: ¿Qué les queda? ¿Son una mentira?

¡Para nada! Ahí es donde reside la verdadera genialidad del mito argentino. Su magia nunca fue la invención desde cero en un laboratorio, sino la alquimia callejera y la apropiación pasional.

Los argentinos son los reyes indiscutidos de pillar lo que el mundo dejó por ahí tirado y ponerle corazón. Agarraron nuestras vacas sueltas y armaron el ritual del domingo, con su charla de sobremesa que dura cinco horas. Agarraron la milanesa europea, que era seca, y a un cocinero apurado en un bodegón porteño se le ocurrió tirarle jamón, queso y tomate arriba para fundar la milanesa a la napolitana. Agarraron la hierba de la selva guaraní y la convirtieron en un código social de hospitalidad inquebrantable. No inventaron el psicoanálisis, pero lo democratizaron tanto que lo usan para hablar en el almacén o en la peluquería.

Porque seamos sinceros de cara a mañana: nosotros, los europeos, habremos inventado las reglas del fútbol en una oficina de Londres y les habremos llevado las vacas en los barcos. Pero ellos inventaron el potrero, la gambeta que desafía a la física, el cantito de la tribuna que te pone la piel de gallina y la locura de movilizar a millones de almas detrás de una pelota.

El mundo puede quedarse con los papeles, las patentes y los registros de nacimiento de sus platos. Pero la pasión, el drama y la mística se quedan en Buenos Aires. Así que dejen hablar a las estadísticas… que mientras tanto, ellos seguirán cantando su «Muchaaaachooos» a todo pulmón. Eso sí, con toda esa hermosa historia a sus espaldas, mañana les toca sufrir en la cancha. Porque la mística será suya, pero la Roja viene jugando de cine, y mañana la Copa nos la traemos para Madrid. ¡Que gane el mejor, pero ojalá que a campeones del mundo nos toque cantar a nosotros! 🇪🇸⚽🏆


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